Queridos todos:

El 13 de marzo de 1999 entré al seminario menor, San Juan Apóstol, hace ya 20 años y hace 10 años que estoy en los países árabes. Pienso que no puedo dejar pasar este aniversario sin expresar mi agradecimiento a Dios y a muchas otras personas que me ayudaron y me ayudan, a pesar de mis debilidades, a seguir más de cerca a Cristo.

En la providencia de Dios, viví en varias casas de nuestro instituto, en el seminario menor, el noviciado en Chile, en el seminario mayor, en los hogares de San Rafael, en el monasterio de Argentina, en Alejandría y en otros lugares de medio oriente y finalmente en Túnez.

De todos estos tiempos quería remarcar cuatro hechos que me marcaron de un modo particular:

  1. El permiso de mis padres para entrar al seminario:

Había pedido el permiso para entrar al menor teniendo diez años y medio, pero por la edad y principalmente (creo yo) por deslices de mi temperamento no muy trabajado, mis padres dudaban de mi posible adaptación. Pero Dios hace todas las cosas con peso y medida.

Era mediodía de septiembre riojano, mi mamá se había enterado de una triste noticia, aquellas en las que el mundo deja ver su banalidad y de un modo muy rápido y sin que sus hijos lo pudiéramos notar, se la comunico a mi Papá que acababa de llegar del trabajo. Él sacándose los anteojos de sol dijo: “el mundo está podrido”, por esas cosas entré en escena y me acerque a ellos, él poniéndome su mano derecha en mi hombro izquierdo me dijo “Si terminás órgano a fin de este año, te dejo entra al seminario” de un modo muy espontáneamente respondí que sí.

  1. El día en que vi claramente mí vocación:

Evidentemente de este modo no podía entrar al seminario, hacía tres años que había pedido entrar y como sabemos el tiempo enfría las decisiones. Por esta razón decidí hacer ejercicios espirituales que comenzaban ese año el 26 de diciembre.

La memoria me traiciona y no sé si fue el día 28 o el 29, habíamos visto en la plática las reglas para la elección de estado… después de esto me fui detrás de la casa San Judas y san Matías… había un durmiente que improvisaba (capaz que lo hizo por algunas décadas) un puentecito en la acequia y sentado en aquel lugar me preguntaba cuál era mi vocación… las ideas iban y venían… esto se prolongó varios minutos…  me decía : “uno puede ir al cielo por los dos caminos… pero yo ¿Qué tengo que hacer?”… de un modo muy sencillo y claro vi que “yo tenía que consagrar mi vida para vivir mejor los mandamientos”…este pensamiento me llenó de alegría y de paz. En silencio me puse de pie y como diciendo “Eureka” me fui caminado despacio hacia la casa san Judas…

  1. Primer día de menor:

El lunes 15 de marzo empezaban las clases, así que el 13 de marzo, más tardar tenía que estar en el menor. Era sábado, legamos a eso de las 3 de la tarde, llevaba mi colchón y varias cosas más… estaba mi tía, mi mamá y mis dos hermanos más grandes… los menores estaban jugando al futbol, así que después de dejar mis cosas, en “el barco”, nos fuimos a jugar con ellos…. Después de esto, ducha, rosario, adoración y pizza. Como todavía no entendía el tema de primera, segunda, tercera… siempre que venía la bandeja agarraba una porción… ¡Adaptación perfecta!

  1. Primera misa en Alejandría (Egipto):

Tenía tres meses de ordenado, llegué al Cairo a eso de la 10 de la noche, entre una cosa y otra llegamos a Alejandría a las 3 de la mañana del 14 de marzo del 2009. Después de un merecido descanso, ya por la tarde celebramos la misa. Mientras me revestía, pensé en todas las veces que en el Menor o en el Seminario habíamos escuchados, todos los sacrificio que muchas veces se hacen para que Cristo, presente en la Eucaristía, llegue una veces más a la tierra de misión.

En cierto modo una Santa Misa justifica todos los esfuerzos y sacrificios, pero también la Santa Misa es el principio de una gran obra que no termina sino en la eternidad.

Quiero, muy brevemente, agradecer en la persona del Padre Buela, nuestro querido fundador, a muchas personas, laicos, religiosos y sacerdotes que me ayudaron en mi formación y también en mi ministerio sacerdotal; como también aquellos que trabajan por las vocaciones. Solo Dios puede premiar como corresponde esfuerzos tan magnánimos.

P Andrés Nowakowski.

Monasterio B. Charles de Foucauld.

La Marsa. Túnez.