En ocasión de la imposición de sotanas de doce novicios del IVE, en Las Filipinas.
22 de Octubre del 2015, Lipá, Batangas.

 ¡Oh, Congregación querida! ¡Al vestirlos te adornaste con rasgos orientales! Los vestiste con la falta de todo y te ataviaste con el oro de Oriente.

Mira, Congregación querida: ¡has concebido hijos en las lejanas tierras del este! No sin dolor y con mucho amor, te has mostrado a Ti misma, a la Iglesia y al mundo cuán universal es tu carisma y cuán joven es tu seno. Alégrate y regocíjate pues tus hijos se multiplican sin número.

Imposicion-de-sotanas3Oye, madre nuestra: en la Perla de Oriente se han signado con tu nombre doce nuevos novicios. Vienen ellos de confines que no conocías… vienen prendados de tu belleza. Llegan de la India y de la misma Sri Lanka. Acuden de Vietnam y de la noble Filipinas. Todos desean ser tus hijos, todos quieren responder con heroísmo a tu Señor que los impela a ir mar adentro «lejos de la orilla y de la tierra firme de los pensamientos meramente humanos, calculadores y fríos» (Dir. de Esp., 216).

¡Ah, Congregación querida! Si vieras lo que vemos, ¿cómo no saltarás de alegría si «tus hijos, como brotes de olivo, están en torno a tu mesa» (Sl 128,3)? Árbol frondoso te has vuelto al cobijar en tus ramas, aves de los más diversos plumajes y trinos. ¡Todos hallamos refugio, alimento y nido a tu sombra! A todos nos vistes con tu misma hermosura… Y así lo has hecho, una vez más, acá, en este malayo archipiélago.

Lo preparaste debidamente y escogiste para tal día la fiesta de tu Padre espiritual, San Juan Pablo Magno. Así como es él para ti muralla, estrella y consejo, así también quieres que estos, tus nuevos novicios, le graben a fuego en sus almas y se guarden a su amparo.

Imposicion-de-sotanas2¿Quién lo diría, madre nuestra, que vendrían de tan lejos tus nuevos hijos? ¡Doce nuevos novicios! ¿Quién se atreverá a llamarte infecunda? Ciegos podrán ser los ojos y mudos los labios, pero nuestro corazón no será capaz sino de cantar tus proezas…

De negro los has vestido, pues llegaron pidiendo la muerte. No quieren sino darlo TODO… aun sus más íntimos pensamientos. No desean sino olvidarse de ellos y «no ser esquivos a la aventura misionera» (Const. 254). Por eso vienen a ti, porque en ti hay que entregarlo TODO. No andas tú con rodeos y mediatintas; no le eres mezquina a tu Dios. Por eso vamos a ti, porque tú nos exiges ser apóstoles… de lo contrario seríamos apóstatas (Dir. de Esp., 216).

¡Doce nuevas prendas! Niñas de tus ojos y alegría de tu Rey y Señor. Saben ellos, y tú también, que son débiles, frágiles e inconstantes. Conocen ellos, como tú también, lo poco que pueden. ¿Perseverarán en tus filas? ¿Ensalzarán o mancharán tu nombre? ¿Se volverán contra ti, mordiendo la mano que les dio de comer? No lo sabemos… y ahora poco importa ya que «el mañana se preocupará de sí mismo» (Mt 6,34). Y aunque así lo hicieren, Tú no perderás ni el candor de tu rostro ni el carmesí de tu sonrisa porque tu gloria está en el Cielo, en las almas que por ti se han salvado y aún se salvan. Dinos, Congregación, ¿cuántas almas has llevado a la Patria Eterna? ¿Cuánto es el bien que haces? ¡Es innumerable! ¡Son incalculables! Siendo tu obra la «obra más divina entre las divi­nas» (Dir. de Esp., 312)[1], ¿quién podrá regañarte? ¿Cómo se mustiará tu honra si Tú, «nacida del misterio del Iglesia»[2], eres para Ella un don[3] que se reconoce gustosamente[4]?

Quizás algunos digan que esto es pura poesía. ¡¿Poesía?! ¡Pues bien, han acertado! ¿Cómo quieren, Madre mía, que no te habla en poesía, si Tú misma me enseñaste a ser poeta? Me lo reclamas cuando quieres que tus hijos «sean poetas, metafísicos y soldados, que canten, contemplen y peleen» (Dir. de Esp., 108); cuando me pides que lleve a muchos a la misión porque para «mover a otros muchos a ella, hay que tener algo de poeta, ya que a los pueblos no los han movido más que los poetas» (Dir. de Esp., 216); cuando enseñas «que el sacerdote debe ser poeta, artesano» y no funcionario, ni frívolo, ni crispado, ni miedoso, ni tímido ni trepador (Dir. de Esp., 108); y porque «la poesía expresa la experiencia mística, la psicología de la gracia, el éxtasis, y se eleva a la Suprema Belleza, al Bien, a la Verdad que trasciende todo pensamiento…» (Dir. de Sem. Mayores, 449)[5] ¿Cómo, entonces, quieren que no te susurre al oído sino poesías? Y te lo aseguro, Congregación querida, que al verlos vistiéndose con tu hábito brotábanme de a millares los versos y las rimas.

Imposicion-de-sotanas1¡Ah, Congregación amada, roguemos por ellos a nuestro Dios! Supliquemos a nuestros Santos patronos, a Nuestra Pura y Limpia Concepción del río Luján, para a que estos nuevos hijos no les falte «la intrepidez del Espíritu Santo» (Dir. de Esp., 108); para que sepan que todos ellos pueden ser heroicos misioneros, ya que a nadie está reservado el privilegio de ser otro Francisco Xavier o Segundo Llorente. Roguemos para que nunca se escandalicen ante el mal, recordando que solo el bien y la caridad lo vencen (Cfr. Rom, 12,21); para que te amen por la verdad de tu belleza y la grandeza de tus empresas, que ya pasadas, presentes o futuras, embriagan al alma grande. ¡Que logren siempre «dar fuego a sus naves» (Dir. de Esp., 73) y morir!, pues «¡todo está en saber morir!» (Dir. de Esp., 173).

¡Oh, Madre nuestra! Que de ellos se narre lo que nuestro Fundador quiere que de cada uno de nosotros sea dicho:

«No hay a sus pies risco vedado;
Sueño no ha menester, quejas no quiere;
Donde le llevan, va; jamás cansado;
Ni el bien le asombra ni el desdén le hiere,
Sumiso, valeroso y resignado,
Obedece, pelea, triunfa y muere»… y resucita[6].

Sí, que así se publique en los frisos de los templos y en altos de las torres, o allí donde Hércules inmortalizó su Non plus ultra.

¡Aquí están, Señora y Madre nuestra, tus hijos que te saludan, como nuevos gladiadores, en las tierras que son cunas del sol! Llévanos a tu vientre que si no morimos infelices para siempre. Tú nos das la gracia, la vida eterna, las virtudes y la verdad. ¡Tú nos haces discípulos de Santo Tomás, hijos de la Iglesia y esclavos de María! ¡Tú nos das a Cristo!

¡Salve, Congregación querida, porque al vestirlos te adornaste con el oro de Oriente!

Sem. Bernardo Ma. Ibarra

 

 

[1] Pseudo-Dionisio, citado por San Alfonso, Selva de materias predi­cables, IX, 1. En: Directorio de Espiritualidad, N. 321

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, N. 925

[3] Cfr. Ibidem, N. 926

[4] Cfr. Ibidem, N. 918

[5] Bt. Pablo VI, Altissimi Cantu en Directorio de Seminarios Mayores, N. 449

[6] El P. Buela, nuestro Fundador, lo trae como colofón de sus Buenas Noches “Soldados Eclesiales”. No es de su autoría, sino que cita – agregando sólo la palabra resucita  –  a Eduardo Marquina quien lo dedica a los Soldados de Infantería.

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