Como decía el P. Castellani, “la Argentina es actualmente, por imposición del Destino histórico, depositaria en la América del Sur de la idea misionera de España[1]. Éste “es un destino serio, (…) un destino bravo, que no es para reír ni para jactarse sino para recibirlo de rodillas con las dos manos sobre la cruz de la espada[2]. Habiéndonos encomendado Dios este bravo destino histórico, esto es, el destino misionero, hace tres décadas, desde la Argentina, y, más precisamente, desde San Rafael, con las dos manos sobre la cruz de la espada, salen apóstoles a convertir el mundo entero para Dios.

Así, en el doble contexto providencial de la vocación personal y de la vocación misional que Dios encomendó a la Nación Argentina, algunos recibimos la gracia de venir a misionar a la remota isla de Taiwán. Luego de este proemio que, por su solemnidad, merecía el relato de alguna hazaña, simplemente referiré un haz de apostólicas andanzas vividas, en estos días, en las calles de Taiwán.

El viernes salí a rezar por la zona, matando dos pájaros de un tiro: rezaba el Rosario y misionaba. Llevaba un rosario gigante, comprado en Roma. Pienso que fue una buena idea ya que muchas veces los paganos me sacan conversación para satisfacer su curiosidad pues quieren saber qué es esa enorme soga con 50 cuentas de madera y una cruz colgando. Suponen que es algo religioso, pero no lo saben. Así, a varios paganos ya les pude enseñar que hay algo llamado Rosario, les hablé del poder de esta plegaria mariana, les mostré el crucifijo y les dije que la Virgen es la Madre de Cristo. Acá, en Taiwán, pienso que verme con el Rosario, no les debe sonar tan extraño ya que los budistas, en sus supersticiones, usan algo similar, aunque, lógicamente, de tamaño más modesto y con un sentido distinto.

La cuestión es que el viernes pude hacer apostolado con seis infieles. Primero, con una vendedora de ropa del mercado aledaño –que ya nos conocía de oídas porque hace unos meses habíamos hablado con la hija-; luego, con el dueño de una especie de “santería” idolátrica y finalmente con tres mujeres de un barcito donde venden comida autóctona.

La vendedora de ropa estaba feliz de hablar conmigo y no pudo resistir preguntarme por el Rosario. Hablamos un poco de religión y un poco de ropa (tema del cual naturalmente no tengo la más mínima idea) tratando así de seguir el método de San Francisco Xavier, quien “poco a poco, suavemente (según que le había enseñado san Ignacio) iba mudando la plática de manera, que a breve rato imperceptiblemente, los que empezaban su conversación en la tierra se hallaban en medio del cielo; y de las criaturas habían subido, como por la escala de Jacob, hasta el Criador[3]. La mercader quedó contenta, así que espero poder recoger fruto en alguna visita futura.

El segundo caso fue particular porque visité a un nativo cuyo trabajo era vender incienso y otras yerbas para los dioses locales. Lo saludé de pasada y ahí nomás me empezó a hablar, pero con un tono chocante. No le gustó mucho mi presencia. Tampoco se la esperaba. Le parecía casi una insolencia que yo, siendo extranjero, me pasee con un hábito negro y un rosario enorme. Me dio una larga perorata sobre temas varios, que a mí me sirvió como un formidable ejercicio lingüístico. Era gracioso porque, siendo un hombre sin educación, me corregía la pronunciación con insólita pedantería. La impresión que me daba era de un cierto enojo, pero, en el fondo, quería hablar ya que me invitó a cenar. La esposa, que estaba muy contenta de verme, cocinó varios platos, que para ellos eran especiales, pero para mí eran sólo pasables. Ella misma me dijo que casi nunca prepara algo así. También imitando a Xavier, le elogié la comida. Humanamente, no se puede esperar mucho fruto con este “otro Demetrio” –aunque quizás sí con su señora-, pero, al menos, visitándolos, enfrento a los demonios, trabajando para derribar el muro del Paganismo. Me viene a la mente una idea del Beato Manna: el Misionero “va a hacerle la guerra al demonio en sus mismos dominios, y tiene en contra suyo todo un mundo de nequicia, que ama mucho permanecer en sus tinieblas[4].

Después, pasé por lo las vendedoras de pábulo vernáculo. Todas sonrientes, lo primero que hicieron fue preguntarme qué cosa era eso que portaba en mis manos, esto es, el Rosario. Con ellas, espero recoger más fruto pues parecen muy dispuestas, a pesar de que la vez pasada les compré un bol de comida y terminé dejando casi todo porque era la ingesta no era fácil. Por haber hecho esto, una se ofendió durante un mes, pero ya aprendí que eso no hay que hacerlo. Ahora, pasado “el mes de castigo”, me vuelve a saludar contenta.

Cuento una más y termino. Ayer di otra vuelta misional rezando el Rosario. Unos jóvenes me hablaron en inglés, haciendo uso de las tres palabras que sabían en esa lengua. Lo llamativo era que estaban en un enorme templo pagano, pero muy contentos me saludaban. Luego de invitar a los jóvenes a que vengan a la Parroquia, saludé a unos ancianos que estaban haciendo ocio en ese oscuro lugar. Ellos, por su parte, me hicieron probar una áspera bebida blanca, y eso que ¡eran las 5 de la tarde!

Terminé la pasada, en una escuela, donde los custodios de la mesa de entrada –especialmente uno llamado Wan – me recibieron con alegría y muchísima curiosidad. El Sr. Wan, que es pagano, me hizo muchas preguntas sobre temas capitales de la Fe, llegándome a preguntar esto: “para los católicos, ¿cómo se obtiene el perdón de los pecados?”. Le contesté con brevedad: “¡con el Bautismo!”. Me dio su tarjeta y me dijo que va a venir a la Parroquia.

Encomiendo a las vendedoras de comida autóctona, al otro Demetrio y su esposa, a la tendera, a los jóvenes que pasaban por el templo pagano, al Sr Wan y al otro custodio, a vuestras oraciones… para que pronto se conviertan a Cristo … y no se condenen.

¡Viva la Misión!

P. Federico
Misionero en Extremo Oriente
25-X-15

[1] Leonardo Castellani SJ, Decíamos ayer, Editorial Sudestada, 1968, Buenos Aires, 143.

[2] Leonardo Castellani SJ, Decíamos ayer, 143-144.

[3] P. Francisco García, Vida y Milagros de San Francisco Javier de la Compañía de Jesús. Apóstol de las Indias, Barcelona, 1864.

[4] Beato Paolo Manna, Virtudes Apostólicas. Cartas a los misioneros, 6ª carta circ., nº 13.

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