Hace unos días tuve la gracia de visitar, acompañado por el P. Emanuel Martelli, nuestra misión en Ushetu (Tanzania), donde desde el 2010 trabajan nuestros padres y desde el 2009 se encuentran las Servidoras. Siempre leemos con mucha atención y no menos gusto lo que narran las crónicas que frecuentemente llegan desde esa misión, pero no es lo mismo leer acerca de una misión que estar allí y constatar lo narrado en forma personal.

tanzania

 (Más fotos AQUÍ y AQUÍ – Video de la misión AQUÍ)

La misión en Ushetu es una realidad sumamente atractiva para quien se precie de tener vocación misionera. Allí se halla en abundancia lo mejor que uno podría haber soñado para su ministerio pastoral: una cantidad enorme de almas ostensiblemente sedientas de Dios. La parroquia cuenta con unas 100 mil personas, de las cuales 60 mil son católicas, siendo la inmensa mayoría jóvenes y niños (las familias en Tanzania normalmente tienen entre 7 y 15 hijos).

Sin embargo, los números no dicen todo acerca de esta misión. Como digo, lo que más atrae de este lugar tan especial es la apertura y el entusiasmo con que la gente recibe las cosas de Dios. La gente de Ushetu se caracteriza por su constante alegría, su laboriosidad (donde uno fija la vista se ven campos cultivados), su generosidad (dan con gozo, de su pobreza), su talento y gusto por la música, etc. Pero lo que más llama la atención de este pueblo es su fe y receptividad para con los misioneros.

Cuesta irse de un lugar donde la gente, al indicársele que tendrían que esperar un tiempo para la celebración de la Misa (que resultó ser 1 hora de espera) ya que el sacerdote debía escuchar confesiones, respondió con una verdadera explosión de alegría, que hacía pensar en el festejo de un gol, al saber que tendrían la posibilidad de confesarse. Es difícil olvidar a esa gente que prefiere confesarse de rodillas sobre la tierra, pudiéndolo hacer sentados cómodamente en una silla, y más aún cuando quienes hacen esto son mujeres embarazadas, ciegos, ancianos, etc. Gente que se sacaba los zapatos al acercarse al lugar de la confesión, en señal de reverencia al sacramento. Asombra verlos practicar con el coro durante largas horas ininterrumpidas, incluso a la luz de la luna, para poder cantar mejor en la Misa del día siguiente. Curiosamente, cantaban y practicaban un himno cuyo texto decía: “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del que trae buenas nuevas, del que anuncia la paz, del que trae las buenas nuevas de gozo, del que anuncia la salvación, y dice a Sión: Tu Dios reina!” (Is 52,7). Más llamativo aun es escucharles decir y repetir enfáticamente: “por favor regresen, recen con nosotros en la lengua que ustedes sepan, pero recen con nosotros…”.

No sorprende demasiado entonces que, durante el transcurso del siglo veinte, el número de católicos en el continente africano haya pasado de 1,9 a 130 millones, lo cual equivale a un 6,708 por ciento de crecimiento. Y la tendencia de crecimiento no disminuye sino que sigue aumentando, sea por el número de nacimientos como por el de conversiones.

Nuestros padres en Ushetu, al igual que las Servidoras, están haciendo una obra verdaderamente fantástica. Correspondería escribir otra circular sobre el trabajo de nuestros misioneros, pero me remitiré para esto a las crónicas y las fotos que incluso se pueden encontrar en el blog de la misión.

Al acercarse la fecha de los primeros 30 años de la fundación del Instituto, con el trasfondo de la misión en Ushetu, vienen a la mente muchos pensamientos, fundamentalmente de profunda gratitud, y por consiguiente de humildad, de esperanza y de confianza en los caminos inescrutables de la Providencia. Por la gracia de Dios, y la respuesta generosa de nuestros misioneros, a lo largo de estos 30 años, el Instituto se ha desarrollado y expandido de un modo que hubiera sido inimaginable en los comienzos.

Es Dios quien nos llevó a Ushetu, ese lugar tan especial. Y también nos llevó a otros lugares, que, como Ushetu, revisten alguna dificultad particular. Estando en África, realmente no podía no pensar en algunas misiones a nosotros confiadas, tales como Vanimo (Papúa Nueva Guinea), Santa Rosa y Charity (Guyana), la Franja de Gaza y Beit Jala (Palestina), Alepo (Siria), Bagdad (Irak), King Mariut, El Fayum y Alejandría (Egipto), Anjara (Jordania), Kalmet (Albania), Skadosk (Ucrania), Groenlandia (Dinamarca), Reykjavík (Islandia), Omsk y Jabarovsk (Siberia, Rusia), Dushanbe (Tayikistán), Shymkent (Kazajistán), Bagong Barrio (Filipinas), Chiquitos y Oruro (Bolivia), Cotahuasi, Chuquibamba y Cabanaconde (Perú), El Guasmo y El Gualel (Ecuador), Vila Guacuri (Brasil), La Pintana (Chile), Los Juríes (Argentina), Ciudad del Este (Paraguay), y muchas otras. Asimismo, pensaba en otro tipo de misiones en las que trabajamos y cuyas dificultades son tal vez menos palpables a primera vista, pero que no por ser más sutiles son menos reales, en las que se debe llevar a cabo la obra de la nueva evangelización, con todos los desafíos que esto comporta.

Uno de los aspectos más atractivos de la Iglesia es su carácter misionero. Por su misma naturaleza, la Iglesia es misionera (cf. Ad gentes 2), lo cual está estrechamente relacionado con su carácter católico y  apostólico.

Pero el hecho que la misión sea siempre tan atractiva no significa que al mismo tiempo no comporte sacrificios. Al contrario, la misión es un testimonio, un verdadero martirio incruento, con la posibilidad, a veces muy real, de que se transforme en martirio cruento. Las cifras de los mártires, particularmente a partir del siglo veinte, hablan por sí solas en este sentido.

Es por esto que nosotros tenemos el deber de recordar y reconocer a aquellos que han anunciado el Evangelio, como también a los que lo hacen en este momento, según nos amonesta la Escritura: “acordaos de vuestros pastores, que os predicaron la palabra de Dios, y considerando el fin de su vida, imitad su Fe” (Hb 13,7). No hemos de olvidar nunca que somos tributarios de la misión apostólica de la Iglesia, de la predicación y del testimonio de tantos de sus hijos más preciados.

Por todo esto, vaya aquí nuestro más sincero respeto, sentida gratitud y profunda admiración hacia todos nuestros queridos misioneros que, de un modo u otro, han hecho realidad en su vida aquello que indicaba el P. Jerónimo Nadal, en relación a los hombres de su Orden:

“Se debe notar que en la Sociedad [Los Jesuitas] hay distintas clases de casas o moradas. Estas son: la casa de la probación, el colegio, la casa de los profesos, y el viaje – y por este último el mundo entero viene a ser (nuestra) casa”[1].

Muy frecuentemente tenemos el agrado de escuchar de nuestros misioneros: “estoy disponible para ir donde haga falta”. Y cuando hacen falta misioneros para un lugar difícil, por gracia de Dios, nunca faltan quienes se ofrezcan. Por el contrario, en consonancia con nuestra espiritualidad y buscando imitar las virtudes mortificativas de Cristo en la Encarnación (cf. Const. 11), para nuestra edificación, no hace falta esperar para que los ofrecimientos lleguen desde los cuatro puntos cardinales. El mundo entero, al que se ha de predicar el Evangelio, efectivamente se transforma de este modo en la casa de nuestros misioneros. San Luis María, en su súplica ardiente pedía precisamente esto mismo: “Liberos: sacerdotes libres con tu libertad, desapegados de todo… sin bienes, sin estorbos ni preocupaciones, y hasta sin voluntad propia… Liberos: hombres siempre disponibles… siempre prontos a correr y sufrirlo todo contigo y por tu causa, como los apóstoles: ‘Vamos también nosotros a morir con Él…’”.

Al celebrar estos primeros 30 años de nuestro pequeño Instituto, no puedo dejar de hacer mías las palabras del Beato Paolo Manna, referidas a los miembros del PIME:

“Admiro, amo, venero este Instituto nuestro ya que más que un Instituto de misioneros, es un Instituto de lanzados al martirio, no al martirio de sangre, que se acaba con una muerte pronta y gloriosa, sino muchas veces a un martirio prolongado, escondido, penoso, que mina lentamente – ¡y no siempre tan lentamente! – las existencias preciosas, generosas de tantos de sus miembros”[2].

¡El 25 de marzo nos uniremos en una acción de gracias que, con “un corazón y un alma sola” (Act 4,32), elevaremos hacia el Cielo desde los cuatro puntos cardinales!

Confiemos de un modo especial a la Madre del Verbo Encarnado, bajo la advocación de la Virgen de Luján, y al Beato Juan Pablo II, que próximamente será canonizado, a todos nuestros misioneros, nuestras obras y proyectos. Y Que Dios nos dé a todos la gracia de estar a la altura de nuestra llamada.

En el Verbo Encarnado y su Santísima Madre,

P. Carlos Walker, IVE

Superior General

http://superiorgeneral.verboencarnado.net 

 

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