La cuestión empezó a darme vueltas en la cabeza, medio como una distracción medio como una buena idea, la rechacé al principio como suelen rechazarse esas “divagationes mentis” en las que muchas veces nos vemos envueltos cuando nos esforzamos por dirigir todas nuestras potencias hacia un solo objeto. Al final me decidí a escribir nomás.

IMG_3726

Un gran poeta argentino, en tono de zamba y con acento salteño, cantó una vez “uno valora las cosas cuando las suele perder”. Sí, es verdad, y suele ser muy doloroso cuando se lo experimenta, por eso es preferible valorar lo que se tiene cuando se lo tiene, sean buenos momentos, compañeros, seres queridos, tiempo, oportunidades, gracias especiales, generosos regalos del Creador.

No pocas veces, sentado en uno de los bancos de la iglesia de “la Finca” escuche a misioneros venidos desde los lugares más exóticos del globo, sea Tayikistán, China, Rusia, Papúa, Guyana o Suncho Corral, predicar desde el ambón la misma idea: “Aprovechen los años de formación en el seminario”, “los hábitos que no adquieran ahora no los van a adquirir en la misión” u otras expresiones por el estilo que buscaban de una forma u otra movernos a amar y valorar todo aquellos que se nos inculca durante los años de formación. Recordaba lo que mi padre, más de una vez me decía (sobre todo cuando no quería estudiar en el colegio) que la juventud es el momento en el que uno tiene que armar la mochila, prepararse para subir la montaña, cargar todo lo que se pueda en esos años porque después no sabemos que es lo que nos hará falta para llegar a la cumbre, a la mitad del ascenso no se puede volver al campamento base a buscas los crampones porque no encontramos de pronto con un manchó de nieve en la ladera de la montaña, o la soga, o las piquetas o lo que sea.

IMG_3656

Por eso creo que es digno de valorar y merece especial gratitud de nuestra parte el que en esta gran familia nos hayan enseñado a subir montañas. -“¡¿Bah?! podrías agradecer que te dieron una buena formación filosófica y teológica, que te enseñaron un montón de medios apostólicos para inculturar el evangelios y que se yo cuantas cosa más. ¿Subir montañas?”.

Sí, a subir montañas… porque subiendo montañas me enseñaron a desprenderme de todo lo que es superfluo y que termina haciendo más arduo el ascenso, porque subiendo montañas me enseñaron que las grandes proezas se realizan dando pequeños pasos, que a las altas cumbres no se llega de un tranco, que no importa cuantas veces me tropiece si después me levanto y sigo caminando por el sendero. Porque subiendo montañas me enseñaron que es más fácil cuando se sube con un grupo de compañeros, que ríen, cantan, conversan, aman lo mismo y no te dejan pensar en el cansancio y el esfuerzo, que te pueden dar la mano cuando estas a punto de caer, que te sacan un poco de carga cuando la mochila nos parece que tiene mucho peso. Porque subiendo montañas me enseñaron que las mejores cumbres no son las que se alcanzan con menor esfuerzo, las más fáciles, sino, por el contrario, las que más difíciles, las más altas, de las que se ven todos los otros cerros, las que nos costaron sangre y sudor, las que casi nos hacen retroceder pero que terminamos venciendo. Porque subiendo montañas me enseñaron a amar el sacrificio, a dar un paso más cuando se está exhausto, a que nuestra alma tienda siempre a lo alto y desprecie todo lo que es bajo y rastrero.

Porque subir una montaña es una alegoría viva de la vida, una parábola del heroísmo, una metáfora de la santidad. Y así de un modo bien gráfico y patente, subiendo montañas, me enseñaron como debo vivir para ser un santo, para ser un héroe.

IMG_3669

Hace unos días atrás, durante la convivencia, subimos un cerro, 3010 msnm, Tuc de Mulleres, en los pirineos catalanes. Misa en la cumbre, 6 sacerdotes y 3 diáconos. Fue la primera vez que diaconé en una misa en la montaña, durante la doxología, mientras seis sacerdotes ofrecían a Dios Padre el cuerpo y la sangre de su Hijo, yo sostenía elevado el cáliz. El altar, una enorme roca de la cumbre. El retablo, cientos de picos escarpados blanqueados de nieve. La bóveda, el azul firmamento infinito. Casi no pude cantar el triple amén.

¡Gracias Señor por tanto! ¡Gracias Señor por estar tan cerca, en la cumbre de los cerros!

Diác. José Ignacio de los Ángeles IVE

Deja un comentario