Queridos todos,

Un día como hoy, hace 25 años, daba comienzo nuestro primer Noviciado “Marcelo Morsella” (a Dios gracias ahora tenemos 12 en todo el mundo!!).

Comparto con Uds. una hermosa crónica que escribió el P. José Marcone, donde recuerda los comienzos allá por el ’88, y el “segundo comienzo” en La Pintana, Chile, en el año 2002.

Demos gracias a Dios por tantos que se han formado en esta casa de formación y pidamos la gracia de muchas y santas vocaciones.

En Cristo y María,

P. Gustavo Lombardo, IVE

Corazones marcados con el nombre de Jesús

Al P. Buela, al P. Elvio Fontana y al P. Gustavo Lombardo

Considero que fue una gran gracia de Dios el haber participado como bedel del primer Noviciado del IVE, que el 22 de febrero de 2013 cumplirá 25 años de vida. El Maestro de Novicios fue el P. Elvio Fontana y el otro bedel fue el ahora P. Diógenes Urquiza, misionero en Rusia. Agradezco mucho a Dios y a mis superiores por haber permitido que pudiera vivir esa aventura sobrenatural, que tuvo algo del ‘¡Duc in altum!’ de N. S. Jesucristo.

La casa

El lugar que se consiguió para empezar esa aventura, que ahora cumple 25 años, fue una humildísima casita en la zona de fincas llamada La Nora, a unos cuatro o cinco kilómetros de Cuadro Nacional, en el extremo sur de San Rafael. La finca en la que estaba la casa pertenecía al Sr. Baudry, padre de varios sacerdotes y Servidoras de nuestra Familia Religiosa. La casita era la típica casa pobre de finca en San Rafael, que han sido las casas que nos han albergado en todas nuestras fundaciones aquí: La Finca, el Menor, el Monasterio de Los Coroneles. Todas casas bajas, paredes de adobe y cielo raso de caña, pintadas de blanco; la misma descripción calza para todas las casas. Es el tipo de casa pobre de finca. Pero la casa de La Nora era sumamente chica y pobre. Tenía un solo baño y tres habitaciones, una de ellas muy chica, tan chica que cabía una sola cucheta. Un comedor y una cocina. Al entrar, había un pequeño depósito, que era lo único que se había reservado el dueño de la finca, para guardar allí los enseres del trabajo agrícola. Había unas monturas y restos de una cosecha vieja de ajo. Aún hoy me parece tener en las fosas nasales el olor rancio mezcla de cuero y ajo.

 

Los que empezamos el año éramos alrededor  de dieciocho, el P. Elvio, 2 bedeles y 15 novicios. Demasiada chica la casa para tantos. La pieza más chica se convirtió en pieza del Maestro y bedeles. Como entraba solamente una cucheta, los dos bedeles nos turnábamos para dormir en el piso, sin colchón, bien a lo gaucho, con unas frazadas que hacían de colchón y una montura de almohada. El P. Elvio no quería quedar fuera de la aventura y a veces era él el que se ofrecía para dormir en el suelo. A la mañana, apenas nos levantábamos, el que había dormido en el piso envolvía las frazadas y llevaba todo a otro lugar porque allí no cabía. Durante el día ese cuarto se convertía en la pieza del Maestro y por eso nosotros estudiábamos en otra parte, para que el Maestro pudiera atender novicios tranquilo.

 

Quince novicios en una sola habitación más bien chica, tampoco entraban. Entonces descubrieron que atrás de la casa había unos depósitos con paredes de adobe y techo más bajo de lo normal. Y hacia allí emigraron unos ocho o diez novicios. Las cuchetas apenas dejaban lugar para moverse, y la cucheta de arriba dejaba el lugar apenas indispensable para que entrara un cuerpo acostado, casi tocando el techo. Como no había lugar para poner la ropa, colgaron del techo unas especies de trapecios, como los del circo, donde colgaban la ropa. Con todo esto, la impresión que daba al entrar allí era la de una selva, en la que, en vez de lianas y vegetación, colgaban ropas. En medio de toda esa jungla se abrían algunos espacios, no más de tres o cuatro, donde había un banco de escuela y que algunos novicios convertían en el rinconcito necesario para concentrarse para el estudio.

 

A los pocos días de empezar el noviciado fueron entrando más novicios. Recuerdo muy bien que cuando entraron los primeros dos después del grupo inicial no había ningún lugar donde ponerlos. Literalmente. Pero la creatividad del hombre en dificultades no tiene límites. El adagio latino lo dice de otra manera: “Intelectus apretatus, discurrit”. Había en la parte trasera de la casa un gallinero, adosado a una de las paredes. Eran dos paredes que sobresalían perpendicularmente de la pared de atrás de la casa, con un piso de tierra, un techo de mala muerte y un alambre tejido que hacía de frente. Tenía todas las huellas que las gallinas suelen dejar en los gallineros. Ustedes comprenderán. Pero no faltó el novicio imaginativo que vio en ese gallinero una futura habitación. Sacaron el alambre tejido, limpiaron el lugar, hicieron un piso de portland, aumentaron algunas filas de ladrillos a las paredes ya existentes, hicieron la pared de frente, inventaron una puerta…¡y ya está un nuevo cuarto para poner dos cuchetas! Les aseguro que no hay ni una pizca de exageración en lo que cuento.

 

La Capilla

 

Ciertamente que la mejor habitación la reservamos para Capilla. Pintada de blanco, quedó primorosa. Los bancos eran aquellos que se hicieron en la Finca por mano de los hermanos Aniello, seminaristas de aquel tiempo, bancos de los cuales todavía subsiste alguno en la Finca. Tenían la particularidad de que las patas no estaban proporcionadamente puestas y entonces si se sentaba uno solo en una punta, el banco se levantaba por la otra, y el que estaba sentado se caía. Así que, tanto cuando nos sentábamos como cuando ya estábamos sentados, había que estar atento para no terminar en el suelo.

 

Un día el P. Buela trajo de Buenos Aires un hermoso y antiguo Cristo, comprado en una casa de antigüedades. Al Cristo le falta el ‘titulus crucis’, es decir, la tablilla donde estaba escrita la causa de su condenación: I.N.R.I. Sin embargo, tiene la muesca hecha en la madera de la cruz donde en algún momento estuvo dicho titulus. En el sermón de la Misa en la que el P. Buela bendijo y entronizó ese Cristo contó que le ofrecieron restaurarlo y confeccionarle un titulus crucis nuevo. Pero él no quiso; en primer lugar, para que se notara su antigüedad; y en segundo lugar, por una razón espiritual: el P. Buela dijo que este crucifijo no tenía en la parte superior de la cruz el título I.N.R.I. porque Jesucristo quería que ese título estuviera grabado en el corazón de cada novicio. El sermón tuvo un efecto perdurable porque cada vez que veíamos el Cristo sin I.N.R.I. nos acordábamos que esas iniciales debían estar grabadas, a fuerza de amor, en nuestras almas.

 

Los días  sábados los novicios salían de apostolado y los bedeles nos quedábamos a estudiar. Con la casa en silencio era un momento apropiado también para rezar. Yo recuerdo haber gozado mucho en esa Capillita los sábados a la mañana, contentísimo de estar embarcado en una aventura tan hermosa. Y una de esas mañanas me visitó la Musa de la poesía (al menos es lo que yo pienso, no me desengañen, por favor) y escribí esta poesía que  he guardado y que ahora se las ofrezco:

 

Capillita del Primer Noviciado

 

Capillita del Noviciado,

Pobres tirantes blanqueados

Que sostienen pobremente

Un cañizo maltratado

 

Casita de mi Dios Crucificado

Al que cobijas pobremente

Brindándole a la vez

Frescura y calidez.

Eres humilde porque eres de tierra;

Noble y sencilla como el adobe,

Del cual estás hecha.

 

Tienes un Cristo sin INRI

Que es todo nuestro tesoro.

Ante él nuestros novicios

Se humillan profundamente,

Pidiendo que les alcances

Beber tan sólo una gota

De tu costado,

Preciosa fuente.

 

Y Él los mira desde arriba

Dándoles su corazón,

Imprimiéndoles su imagen

De Crucificado Señor.

 

¡Cristo sin INRI!

Aquí está mi corazón;

Graba en él las iniciales

Cual santo sello de amor,

Y que sea un vivo anuncio

Para santos y para impíos,

¡Nazareno Jesús,

Rey de los Judíos!

Este Cristo ya se ha convertido en un símbolo del Noviciado y es conocido por todos como “el Cristo del Noviciado”.

El nombre

Puedo contarles, y creo que tiene un valor histórico muy grande, cómo llegamos a ponerle a este Noviciado el nombre de “Marcelo Javier Morsella”. El P. Elvio convocó un capítulo con todos los integrantes del Noviciado, con el fin específico de determinar qué nombre llevaría. En aquel capítulo no faltaron algunas ideas peregrinas, gracias a Dios bien conjuradas. Uno de los novicios propuso que el Noviciado llevara el nombre de una santa. Y entonces la salvación vino de donde menos se esperaba, de un novicio que quería ser hermano lego y cuyo apodo era “Chipica”, quien, a pesar de no poseer muchas luces (aunque sí sentido común), y luego de un silencio embarazoso, expresó lo que todos estábamos pensando: “A mí me parece que aquí somos todos varoncitos”. Luego de un buen rato de deliberaciones, se impuso el nombre de Marcelito.

La pobreza

Fueron momentos de intensa pobreza. Hubo una semana la que nuestra despensa estaba totalmente vacía.. Gracias a Dios, el Sr. Baudry tenía sembradas unas cuantas hileras de tomate y nos dio permiso para cosechar lo que necesitáramos. Esa semana comimos tomate al desayuno, almuerzo, y cena, sin exagerar. Recuerdo que, de tanto comer tomate, que es áspero, se me hicieron fuegitos en la boca. Esa semana de desabastecimiento fue cortada abruptamente con una donación de varias bolsas de vizcachas, que los inspectores de caza de la Provincia habían decomisado a cazadores furtivos. Y de ese modo, puramente providencial, nos íbamos manteniendo.

El apostolado

La zona donde estábamos era pobre, con fincas que apenas producían. Estaba a varios kilómetros del centro parroquial y, por lo tanto, no era posible que el párroco atendiera cuidadosamente la zona. Así que también había pobreza espiritual. Una anécdota puede ilustrar la falta de formación que había. Un sábado a la mañana, con el Noviciado vacío y en silencio, llegan tres niños, de 10 años para abajo. Yo los recibo y los hago pasar a la Capilla. Allí comencé a hablarles de Jesús; después de narrarles brevemente la vida de Jesús, aprovechando el hermoso Cristo que teníamos, les conté que lo crucificaron, y les pregunté: “¿Ustedes saben quiénes lo crucificaron?”. Y el mayor me respondió: “¡Sí! ¡Los indios!”. Nosotros comenzamos a hacer apostolado con frutos. Los novicios misionaban por las casas y daban catecismo. Yo me acuerdo de haber predicado un retiro de día para señoras. Y de ese incipiente apostolado surgió una vocación femenina que ahora es misionera de las Servidoras en Ucrania, la Madre Lágrimas.

La cancha de fútbol

Todo el terreno que rodeaba la casa donde estábamos era un ‘jarillal’ muy grande, mechado con abundantes espinillos. Pero el gusto por el fútbol otra vez puso en movimiento los intelectos. Buscaron un terreno más o menos parejo. Lo desmontaron, aunque sin los implementos necesarios, sino a fuerza de brazos, de pico y pala. Con el tronco de los espinillos más altos hicieron seis varillas que se convirtieron en unos escuálidos arcos. Con un poco de cal marcaron las líneas. Todo este trabajo había que hacerlo en las siestas para no quitar tiempo al trabajo comunitario. Como resultado dio un campo de fútbol bastante desnivelado (con peligro de torceduras), con estacas de espinillo que no habían podido ser erradicadas y unos arcos que no podían recibir una pelota en el palo porque si no se quebraban o se caían. Y allí despuntamos el vicio y nos sacamos las ganas de jugar al fútbol dos o tres veces por semana. Claro que había que tener una buena dotación de parches para la pelota que se pinchaba cada dos por tres.

Los vehículos

Otro personaje legendario que formó parte del Noviciado fue la Moby. La Moby fue el primer colectivo que tuvimos en la Congre. Parecía una ballena, y como estaba pintado de blanco, le pusieron Moby Dick, la ballena blanca. La Moby pertencía a la Finca, pero nos la prestaron durante buena parte del año porque estábamos lejos, en el otro extremo de la ciudad. Incluso, Diógenes y yo la usábamos a veces para ir a clases al Seminario.

Y hablando de vehículos, también ocupó su lugar entre los personajes legendarios el “Celestino”, un Citröen Ami 8 de color celeste y que con Diógenes lo bautizamos así por el color y por ser el auto del Maestro, que se llama Elvio Celestino Fontana. Los días de frio no arrancaba así que teníamos que tener la precaución de cubrirlo a la noche con una alfombra vieja.

La obra de teatro

Para terminar el año decidimos poner en escena una obra de teatro. El novicio Juan del Campo durante el año había escrito una obra de teatro y nos pareció adecuada. La obra estaba ambientada en la pampa argentina de mediados del siglo XIX. Los personajes principales eran el cacique de una tribu de la zona, el capitán a cargo del fuerte en la frontera con los indios y un sacerdote. El gran mensaje era que el cacique antes de morir perdona los atropellos del capitán, se convierte y se bautiza. La pusimos en escena en la Finca, en las construcciones a medio hacer de la iglesia de los Dolores y ante toda la Familia Religiosa. Según dicen, fue un éxito. Fue mi última participación como bedel del Noviciado.

Al año siguiente el Noviciado abandonó la casa de La Nora y se mudó a la casa nueva de Rama Caída, que pertenece al Instituto y donde actualmente está el Hogar San Juan Bosco.

Chile

Pero todavía tengo cosas para contar. Porque mi participación en el Noviciado no se acaba allí. Por esas cosas de la Providencia pude estar también en lo que se puede llamar ‘la segunda fundación del Noviciado’, cuando el Noviciado se trasladó a Chile. En efecto, a fines de 2001 se decide trasladar el Noviciado a Chile y se acepta hacernos cargo de dos parroquias en la Diócesis de San Bernardo, en la ciudad de Santiago de Chile. Y yo voy como párroco de una de ellas, pero viviendo en el Noviciado. El día 16 de febrero de 2002 salimos de San Rafael un grupo de dieciséis postulantes, junto con el P. Jon de Arza y el entonces diácono Fabio Schilereff. Tengo varias crónicas de esos acontecimientos, de manera que son hechos bien documentados.

Una de las crónicas, escrita en mayo del 2002, dice: “Para iniciar la fundación en Chile salimos de San Rafael el 16 de febrero en dos vehículos: uno de la Finca, que nos prestaban para que lo usemos durante el primer tiempo, y otro de un laico amigo que llevaba las pocas cosas que hacían notar que lo nuestro era una mudanza. Íbamos el P. Jon de Arza, un diácono, un seminarista mayor, 16 postulantes y yo.

“Llegamos a la parroquia Nuestra Señora del Huerto (donde iba a instalarse el Noviciado) a las 12:30 de la noche. Había un grupo de gente que nos estaba esperando desde las 8 de la tarde. Estaban allí, firmes, sin desanimarse. Pero esperaban a cuatro personas para darles de comer, y no a veinte. Pero en dos patadas nos hicieron una cena buenísima. Esa iba a ser nuestra casa, pero todavía no tenía nada. Así que nos llevaron a dormir al Seminario Diocesano, dado que todavía no habían empezado las clases. Allí nos instalamos muy bien. Estábamos muy bien servidos. Estaríamos allí unos cinco o seis días”. Hasta aquí la crónica.

Cuando entramos por primera vez a la ciudad de Santiago, a las 11 de la noche y preguntábamos por nuestro lugar de destino, La Pintana, la gente nos preguntaba: “¿La Pintana? ¿Ustedes saben a dónde van? ¿¡Y a esta hora!?”. Se trata de un barrio peligroso y difícil. Así que también esta segunda fundación, por gracia de Dios, estuvo marcada por la pobreza y la dificultad.

En aquella crónica también queda asentada la generosidad de la gente: “El asentamiento en la nueva casa se hizo rápidamente, porque rápida y eficaz fue la ayuda que recibimos. Un seminarista mayor de nuestro Instituto, chileno, se movió muchísimo y consiguió de todo: cuchetas,  colchones, cocina, heladera. Hay que pensar que nosotros no habíamos traído ni siquiera un vaso. Sólo habíamos traído las cosas de sacristía. En una misa de domingo, a las 10:30 el P. Jon de Arza pidió las cosas que nos faltaban. A la una de la tarde empezó a caer gente trayendo lo necesario; a las seis de la tarde ya no nos faltaba nada. La solidaridad de la gente de la zona ha sido extraordinaria”.

Y la crónica describía de este modo el actual Noviciado: “El templo es mediano pero lindo y proporcionado, de líneas muy simples y clásicas. La patrona, Nuestra Señora del Huerto, es una imagen que tiene al Niño en brazos que bendice y ella sostiene con su mano la mano del Niño que está en actitud de bendecir, como si le estuviera enseñando o ayudando a bendecir. Como lo hizo notar el P. Zapata cuando estuvo aquí, es una imagen muy apropiada para una Casa donde se forman futuros sacerdotes, ya que María se presenta como aquella que enseña o ayuda a hacer una acción eminentemente sacerdotal; ella también es formadora. Al lado del templo está la casa parroquial, una casa sencilla, con algunas paredes de madera, tres dormitorios, dos baños, un comedor (que nosotros usamos de sala de recepción) y una oficinita para secretaría parroquial. En esta casa vivimos el P. Jon, el neo-sacerdote Fabio Schilereff (se acaba de ordenar) y yo. Atrás tiene un fondo muy grande, ocupado por otra casa (donde viven los novicios), una gran sala para dar clases y catecismo, y dos pequeños galponcitos. Queda un buen espacio verde que lo usan para las actividades con los niños y jóvenes de la parroquia”.

De más está decir que quien guio la fundación en Chile y la sigue presidiendo hasta ahora es “el Cristo del Noviciado”, sin su I.N.R.I

Conclusión

Espero que la narración simple de estos hechos históricos les haya hecho vislumbrar la envergadura de la aventura que significó empezar con un Noviciado desde cero, y luego de fundarlo fuera de Argentina. Cientos y cientos de jóvenes han pasado por este Noviciado, algunos han llegado al sacerdocio, otros no. Pero todos sintieron el llamado que el Cristo del Noviciado les hacía: grabar en sus corazones las iniciales de su nombre, Jesús Nazareno, Rey de los Judíos.

P. Lic. José A. Marcone, I.V.E.

Los Coroneles, 31 de enero de 2013

Memoria de San Juan Bosco

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