1950 años del martirio de San Pedro y San Pablo

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Queridos hermanos y hermanas,

Como sabéis, la Iglesia universal celebra hoy la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, pero esta se vive con una alegría particular en la Iglesia de Roma, porque en su testimonio, sellado con la sangre, tiene sus propios cimientos. Roma siente especial afecto y reconocimiento por estos “varones” de Dios, que vinieron de una tierra lejana a anunciar, a costa de su vida, el Evangelio de Cristo al que se habían entregado totalmente. La gloriosa herencia de estos dos apóstoles es motivo de orgullo espiritual para Roma y, al mismo tiempo, es una llamada a vivir las virtudes cristianas, de modo particular la fe y la caridad: la fe en Jesús como Mesías e Hijo de Dios, que Pedro profesó primero y que Pablo anunció a las naciones; y la caridad, que esta Iglesia está llamada a servir con dimensión universal.[1]

San Pedro, Príncipe de los Apóstoles. San Pablo, Apóstol de los Gentiles. Dos Apóstoles. Ambos mártires por una misma fe. Una sola Iglesia, fundada en Cristo, “que ha venido en carne (1 Jn 4,2), y en sólo Cristo, y Cristo siempre, y Cristo en todo, y Cristo en todos, y Cristo Todo”[2].

P. Gustavo Nieto,

Superior General, IVE

[1] Papa Francisco, Ángelus, 29 de junio de 2016.
[2] Constituciones, 7.

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