¿Cómo agradecer a Dios éstos 15 años de nuestros misioneros, en estas tierras albanesas? Son muchísimas las gracias que Dios ha querido donarnos a través de cada una de las Servidoras y Sacerdotes que pasaron por este país, ya que no en vano fue esparcida la semilla del Verbo. Ciertamente, Dios no dejó pasar ninguno de tantos sacrificios, muchas veces silenciosos, de todos los que se entregaron por completo –y muchos que aún hoy lo siguen haciendo- para hacer reinar a Cristo aquí.

La Divina Providencia quiso que el 8 de diciembre de 2001 llegaran en barco los primeros misioneros de nuestra Familia Religiosa al puerto de “Durazo”, en Albania, para fundar en el pequeño pueblo de “Kalivaç”. De este modo respondíamos al pedido que el Obispo de la Diócesis de Lezha, Mons. Ottavio Vitale, hiciera al Padre Carlos Miguel Buela. Más aún, con esta fundación estábamos cumpliendo la promesa que nuestro Fundador hiciera, en persona, a la Santa Madre Teresa de Calcuta, de enviar misioneros de nuestra Familia Religiosa a su Tierra natal.

Por aquel entonces, 2001, el país estaba apenas saliendo del comunismo, lo cual se podía percibir por doquier, debido a sus devastables consecuencias. El panorama era desolador: edificios grises, sin terminar, que parecían dar un marco preciso a la tristeza reinante, o más bien a una falta de esperanza en general.

El camino al pueblito de Kalivaç, ubicado en medio de las montañas, era largo y se debía hacer por una carretera de tierra en altas laderas, atravesando el río, que no siempre respetaba su curso. Al llegar a Kalivaç nos dimos cuenta que en realidad el poblado consistía en una escuela, un pequeño quiosco, la Parroquia “Inmaculado Corazón de María”, que sería atendida por los Sacerdotes del IVE, un pequeño dispensario y la casa de las hermanas. Luego, entre las montañas, allá a lo lejos se comenzaba a divisar una que otra casita.

El trabajo de las hermanas era principalmente colaborar en las actividades parroquiales y en lo posible, atender el dispensario. A pesar de que no sabían la lengua, comenzaron las clases de catequesis. Las dictaban en italiano, y algunos jóvenes del lugar les hacían de traductores. Los niños asistían a la escuela viniendo caminando desde lejos. Muchos de ellos debían atravesar el río –con unas temperaturas muy bajas- a pie, descalzos. Al finalizar el horario escolar venían a nuestra casa para recibir la doctrina cristiana. Era hermoso verlos llegar entusiasmados, a pesar de haber estado toda una mañana en esa escuela que estaba bastante arruinada, al punto de que muchas de sus aulas no tenían vidrios y el piso faltaba en varias partes. Como nuestra casa no tenía lugar para todos, algunos de los cursos eran al aire libre (un aire congelante), sin embargo ellos permanecían atentos a las palabras de las religiosas.

Cabe señalar que los niños, como la gente en general, estaban muy curtidos y sufrían sin queja alguna las inclemencias del tiempo, ya sea el frío como el viento; el trabajo duro; la falta de electricidad (sólo contaban con ella algunas horas al día); la precaria comida, etc. También es de destacar el modo como trataban a los misioneros, buscando darles lo mejor que tenían, aún en medio de su pobreza. Era normal verlos llegar a nuestra casa para regalarnos un queso de cabra, una botella de leche, un litro de aguardiente, o unos repollos. Eran muy generosos y muy respetuosos de los enviados de Dios.

No quisiera seguir adelante sin contarles lo que fue la primer Navidad en Albania. El Padre había propuesto celebrar la Misa de Navidad la misma noche del 24, lo cual presentaba varias dificultades y corríamos el riesgo de que nadie pudiese asistir a la Solemne celebración, dado que estaba haciendo muchísimo frío y en la noche todo se hace más difícil en plena montaña; por otra parte no había luz, la gente no vivía cerca, etc. Sin embargo, todo se preparó para que fuera una gran ceremonia. Se embelleció la Iglesia con lo que se tenía y se encendió el generador para iluminar el templo. Cuando estaba oscureciendo, comenzó a nevar. Nosotros nos fuimos a la Iglesia a esperar. Fue emocionante cuando nos dimos cuenta que a lo lejos comenzaban a divisarse puñados de luces, de antorchas… eran las familias que venían bajando la montaña, vestidos con sus trajes típicos de pastores, caminando por la nieve. Era la nueva Belén. En la cumbre de algunas montañas, relumbraban unas grandes fogatas que habían hecho los jóvenes para anunciar la noche Santa. La Iglesia se llenó. Al acabar la ceremonia, las familias salían del Templo felices, saludándose. Todo estaba cubierto de blanco.

Esa era la Albania que conocieron los primeros misioneros de nuestra Familia Religiosa. No en vano el nombre “Albania” viene de “albus”, blanco, por el blanco de la nieve de las montañas. Pero no sólo eso, sino que el nombre de esta nación, en su lengua original, es “Shqipería”, que significa hermosamente “la tierra de las águilas”, pues el águila era el símbolo estampado en la bandera que llevaba “Skanderberg” (Alejandro), héroe nacional que venció a los turcos.

Agradecemos a Dios porque estas pequeñas semillas del inicio no permanecieron infecundas. Poco a poco surgieron vocaciones y el trabajo apostólico se fue multiplicando.

Pidamos a María Santísima que proteja estas tierras, que las llene de esperanzas.

Madre Maria Meritxell.

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