¡Ave María Purísima! Sin pecado concebida.

En el marco de la canonización de la Madre Teresa,  me gustaría  a través de esta pequeña crónica hacerles partícipes de la gracia inmensa de peregrinar por tierra Santa durante tres meses, al tiempo que hice un voluntariado en el Hogar de niños discapacitados “Niño Dios” de Belén.

Agradezco a Dios en nuestros superiores por este tiempo de gracia vivido en un espíritu de oración, contemplación y acción.

No es fácil el árabe, pero como decía la Madre Teresa sonreír es el lenguaje que todos entienden. Prácticamente la única palabra que aprendí fue: “Buenos días…”, pero nada impidió que a través de la Caridad, expresada en una sonrisa en medio del trabajo compartido con mis hermanas, voluntarios, voluntarias y personal del hogar me permitiese acercarme a todos.

La experiencia del voluntariado es una riqueza inmensa, en todo el sentido de la palabra. Es mucho más lo que se recibe que lo que se da, especialmente en el ámbito espiritual, al punto que uno no puede dejar de exclamar las palabras del salmista: con que pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho… (Ps 116).

Estar  en el hogarcito “Niño Dios” de Belén me hizo comprender cuán cierta es la expresión usada por nuestro Fundador al referirse a nuestras obras de misericordia: son un “pararrayos de la ira  de Dios”. Fue para mí muy edificante ver con qué cuidado y atención atienden las hermanas a todos y a cada uno de los niños y niñas, sin ninguna distinción, contemplando en cada uno el rostro sufriente de Cristo y entregándose con serenidad y alegría en este servicio de la Caridad.

Por otra parte, el peregrinar por  los lugares Santos fue para mí un modo concreto de actualizar a cada  paso el Santo Evangelio, para lo cual fue también de gran utilidad todo el trabajo de composición de lugar que hacemos cada año en los Santos Ejercicios Espirituales de San Ignacio.

Entre las muchas enseñanzas que recibí durante estos meses, quisiera compartir una con ustedes: Jesús ha resucitado, muestra de ello es el sepulcro vacío que visitan cada día miles de peregrinos en la Basílica del Santo Sepulcro. Esto me hizo reflexionar especialmente en cómo sería la alegría de la Santísima Virgen al ver a su Hijo glorificado; iría Ella recorriendo las llagas de su Cuerpo y las adoraría con la felicidad que le produciría verlas gloriosas. También nosotros,  a  través de la Santa Cruz, nos hemos de alegrar con este grandioso triunfo de Cristo. El espíritu de fe debe llevarnos a sobrenaturalizar toda nuestra  vida consagrada  y de manera especial en cada Santa Misa, en el rezo del Santo Rosario y en la adoración al Santísimo.

Que Nuestra Señora de los Dolores, San José, los Apóstoles y todos los Santos nos ayuden a alcanzar esta gracia.

En Jesús, Verbo Encarnado,
Hna. María Madre del Redentor Arbeláez V. SSVM

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